09 enero 2010

Tengo unas ganas de hacerlo...

Total, que una sale a comprar unas manzanas y una baguette y acaba tirándose a un desconocido en el coche, así sin más ni más. Poco más y del calentón no pasamos del cajero, no sé, vamos, que yo tampoco soy así, pero es que se me puso delante con esa cara de "tengo unas ganas de hacerlo contigo aquí mismo" que... que me obcequé.
Cualquiera le decía que no, joder, pero si se me cayeron las bragas nada más mirarle, que no tenía ni opción a pensar. La mente iba por un lado y el cuerpo por otra, y a mí me podía el cuerpo, que nunca he sabido controlar mis impulsos, vaya, que si me pasa en cualquier otro sitio me busco a otro, o me cuelo en cualquier baño de hombres a tirarme al primero que pase, sin reparos, que estas cosas es malo guardárselas.




14 diciembre 2009

Maltrato a la mujer

Asomó a sus labios un suspiro y expiró. Se escapó su último aliento, el último recoveco de vida dentro de aquel cuerpo tan machacado.
Él no la quería, la había maltratado tanto como había querido con ese regusto a alcohol en su sonrisa maliciosa, esa de "lo que te voy a hacer por ser tan puta", y había abusado de ella hasta que había gemido desgarradoramente, tanto que su llanto parecía un aria fúnebre sonando a medianoche.
Cada vez que él entraba en casa ella se sentaba en una esquina de la habitación, entre el armario y la pared, se rodeaba las rodillas con sus débiles brazos tan fuerte como podía, escondía su rostro entre ellos y comenzaba a llorar en silencio. Entonces él entraba dando tumbos por el pasillo hasta llegar a la habitación, y comenzaba el calvario de siempre.
-¡¿Dónde estás, zorra?! - gritaba mientras se apoyaba como podía en el marco de la puerta para no caerse.
Iba siempre tan ebrio que no era capaz de recordar la forma sistemática en que realizaba su agresión, quizá porque la mayoría de las veces no era consciente ni de haberla realizado.
-¡He dicho que dónde estás! -permanecía en silencio escudriñando la habitación que estaba completamente a oscuras y escuchaba su respiración entrecortada, se dirigía hacia ella como podía y la asía del brazo tirando de ella como si fuese un mero objeto. Le arrancaba la ropa violentamente. La golpeaba cada vez que oía su llanto. La lanzaba sobre el colchón una vez desnuda, se soltaba el cinturón, se bajaba el pantalón y se sentaba sobre ella. Besaba y manoseaba su indefenso cuerpo bruscamente, dejando el hedor a alcohol incrustado en su piel como prueba del delito y le enredaba el pelo brutamente, habiendo arrancado en ocasiones algún mechon de su cabello. La embestía con fiereza, destruyéndola cada vez un poco más, acabando con su esperanza, su alegría, rompiendo sus huesos y su corazón, escuchando su llanto, su dolor a flor de piel, condenando su cuerpo y su alma. Mientras tanto él disfrutaba, se regocijaba, agarraba su piel con tanta fuerza que le producía hematomas y parecía disfrutar aún más con eso, con su dolor, con sus lágrimas, con sus sollozos, con sus súplicas y con sus lamentos.
Cuando finalizaba, él se tumbaba boca arriba sobre la cama de matrimonio y ella permanecía acurrucada en una esquina de la cama, temblando y llorando en silencio hasta que él se dormía para escaparse a la bañera.
La llenaba de agua caliente, se metía dentro para limpiarse por fuera, y guardaba la esperanza de poder purificarse también por dentro. Escondía la cabeza bajo el agua para huir del mundo, donde sólo oía el débil latido de su corazón y cuando no tenía más aire salía a la superficie jadeando y lamentándose de no haber aguantado un poquito más, hasta perder la consciencia, y finalmente liberarse de aquel castigo.
Con los ronquidos de su marido de fondo, comenzaba a hacerse preguntas, a sacar un poco de valor, o de orgullo. No sabía que había podido hacer mal para merecer aquel infierno, quizá simplemente su castigo era amar demasiado a una persona que no la quería. Quizá el miedo a dejarle, a vivir sin él, a que él la persiguiera como tantas veces había salido en la televisión. Tampoco era una buena idea asesinarle. Nada era una buena idea, no existía ninguna salida en la que en el final los protagonistas vivieran felices y comieran perdices, porque los protagonistas eran dos desconocidos que compartían cama. Y nada más.
Entonces, un día, ella hundió de nuevo su cabeza bajo el agua, escuchando únicamente los ronquidos de aquel desconocido al que amaba y después su corazón, primero despacio, débil, después acelerado, frenético. En ese momento llegó a su cuerpo una sensación de angustia y un fuerte dolor en el pecho y el cráneo. Luchó contra sus instintos para permanecer bajo el agua un poquito más, un poquito valdría, y una oleada de tristeza la invadió. Llegó el segundo de su vida en el que todo pasa ante tus ojos a una velocidad rapidísima, y aún así parece durar años.
Pasó por su mente, sus padres, su hermana pequeña, su muñeca preferida, su gatita, la casa del campo... La feria del pueblo, su novio y futuro marido sonriéndola, regalándole flores, sacándola a bailar. Ella reía y bailaba agitando sus cabellos al aire. Su marido borracho, su mano golpeando su rostro, él sobre ella y su cuerpo amoratado dentro de la bañera...
Había habido un tiempo en el que era feliz, y qué caprichoso es el destino (porque tenía que existir, no podía existir otra explicación para el transcurso de su vida) que le había hecho acabar así, muriendo ahogada en una bañera después de que su propio marido la hubiera violado. Había personas cuya existencia debía ser triste y miserable para que los demás pudieran sentirse un poco mejor al pensar en ellos, supuso que ella entraba dentro de ese grupo de personas y no le importó, está vez no, porque todo iba a acabar de una vez por todas. Y al menos con un poco de dignidad, porque no iba a ser él quien con sus sucias manos la matara, iba a hacerlo ella misma, para demostrarle el asco que le tenía, la repugnancia que de una vez por todas le producía, que ya no quedaba ni un ápice de amor. Nada; como a la protagonista de la novela de Carmen Laforet, no le quedaba nada. Se había agotado todo hacía media milésima. Quizá después de muerta alguien podría escribir una novela sobre su vida y así servir al menos para algo útil.
Finalmente dejó de luchar dentro del agua, de sentir esa presión en el pecho. Su mente se apagó y desconectó de su cuerpo y de lo que había sido su vida. Asomó a sus labios un suspiro y expiró. Se escapó su último aliento, el último recoveco de vida dentro de aquel cuerpo tan machacado.

Cuando él despertó no la vió tumbada junto a él, no la vio cocinando, ni limpiando, ni tampoco viendo la televisión. Reinaba en la casa un silencio sepulcral; sólo se oía la madera crugiendo bajo sus pies. Se dirigió hacia el baño y llamó a la puerta, nadie contestó, así que abrió la puerta.
Ella yacía desnuda en la bañera bajo el agua ya fría y con los ojos cerrados. Tenía la piel de color azulado y se podían distinguir sobre su piel los arañazos y moratones que él había dibujado sobre su piel. Se arrodilló junto a la bañera y sacó su cuerpo inerte con delicadeza, abrazándo su húmedo pecho, sobre el cual escondió sus lágrimas. Lágrimas que llegaban seis años tarde y que ya no servían de nada, ni siquiera para el perdón, porque existen cosas imperdonables y él, a pesar de todo, lo sabía.
Entre lágrimas y con la respiración entrecortada acertó a decir lo siento. ¿Pero de verdad podía sentirlo? No era él quien había sufrido aquel maltrato, aquel infierno terrenal. No tenía ni la más mínima idea, y lo sabía, y sabía que eso no era sufiente, que nada podía exculparle.
Un final como el de "Romeo y Julieta" podría haber sido muy bonito, incluso romántico, pensó, pero aquello ya no iba de amor. Ahora le tocaba aceptar su destino, como ella había aceptado el suyo.

12 noviembre 2009

Alicia

A Alicia, un día, se le escapó el alma por la boca, y realmente no sintió nada, se quedó tal cual estaba. No le pasó nada, ni si desplomó, ni se puso triste, ni le dolió un poquito el corazón. Pero es que fue eso exactamente lo que le sucedió, que no sintió nada porque no podía sentir, y no le dolía nada, y realmente estaba triste pero ella no lo sabía, porque ella ya no podía saber esas cosas. Era una extraterrestre en la Tierra, un ser nuevo suelto en plena ciudad. Fuerte como ninguno y frío como todos.
Nadie la reconocía, era alguien desconocido, una nueva mujer. ¿O debería decir una nueva máquina? Sé que es difícil de imaginar, pero Alicia estaba vacía, hueca, como los botes de galletas después del desayuno y las bolsas de gominolas después de un atracón. Pero mucho menos dulce. Y esto a Sergio le dolía, porque Sergio quería a Alicia desde hace mucho tiempo. La quería en silencio, a escondidas, en pequeños retazos, a sutiles pinceladas que se entreveían en sus sonrisas matutinas, y se ponía triste porque ahora ella le saludaba como se saluda a un extraño de esos que miran con insistencia cuando una está en el ascensor o espera en la parada de autobús. Le sonreía de mentiras y bajaba la cabeza, entre ruborizada y nerviosa, si es que ella podía estarlo.
Sergio estaba más triste que nunca, así que un día habló a Alicia en la parada de autobus.
-Alicia, dime, ¿qué te sucede últimamente? Estás rara, distante, fría.
-¡Oh, no lo sé Sergio! Es horrible, yo también lo sé. ¿Sabes? Me siento como de otro planeta, me siento aburrida. Todo me parece igual, soy una conformista. ¡Yo! ¿Te lo puedes creer? Yo nunca he sido eso, yo soy de las que sonríen cuando un rayo de sol les roza la piel, que miran atontadas el atardecer desde la ventana y caminan tarareando canciones, y en cambio, ya nada de eso me gusta. No sé qué me sucede. Realmente no estoy triste, y quizá eso sea lo peor de todo. Sergio, no siento, me siento como si fuera una máquina. Pero sé algo, y es que no me gusta lo que veo. Sergio... necesito que me salves... ¡sálvame!
Entonces, Sergio, llevado por un impulso, le dió un beso, que resultó ser la cura de todos los males del mundo, porque Alicia tenía un corazón tan grande, que tenía un alma de repuesto.

07 octubre 2009

Los versos bonitos se me quedaron en las pestañas, haciendo poesía en tus pupilas. Y es que poesía eres tú, como Becquer me dijo hace años y hoy aún le creo. Y que alguien venga a rebatirle, que alguien no le crea después de mirarte, de verme en ti, de arrancarte hasta el pensamiento.
¡Joder! No tienen ni idea de que hay cosas que van más allá de lo físico, de que todos nosotros somos almas libres corriendo en pos de una efímera felicidad y una pizca de amor. Y que yo sólo me ataría a ti.

15 septiembre 2009

Lloraba a mares.

Y entonces ella permaneció allí tirada en el suelo viendo la gente pasar, como un pañuelo tirado en el suelo y mojado por la lluvia. Su cuerpo estaba completamente empapado, llovía con fuerza, y sus pestañas eran saladas. El pelo le caía sobre la cara que se tapaba con las manos.
Ya no estaba.
Era increíble la rapidez con la que la gente se viene y va, con la facilidad que ganamos y perdemos, la fragilidad de un corazón, lo difícil que se nos hace caminar a veces, mover un solo musculo, e incluso respirar sin ahogarse en sí mismo.
Había desaparecido. Unos minutos antes estaba ahí, con ella, ¿y ahora? Ya no había nadie.
¿Cuándo volvería?O quizá, ¿Volvería alguna vez? ¿Era un adiós o un hasta pronto? ¿La echaría tanto de menos como ella lo hacía? ¿Tendría las pestañas saladas? ¿Estarían pensando lo mismo en ese momento? ¿Era demasiado estúpida por pensar todo eso?
Y lloraba. Lloraba a mares. O quizá era la lluvia. O quizá ambas. Pero llovía salado, amargo, agrio. Quemaba. Se estaba quemando. O helando. No sabía si viva o muerta, si acelerada o adormitada.
Triste. Triste como ella. Ahora todo era triste. Triste como cuando los árboles no tenían hojas o... o como cuando ella se iba.

09 agosto 2009

Carla



Carla es de ese tipo de mujeres que parecen haber nacido para que los demás al mirarlas se sientan un poco mejor con su vidas.
Hasta el destino se ha reído de ella, tantas veces que a la décima decidió dejar de contar. La primera vez fue en un callejón cuando tenía trece años, allí dijo adiós a su virginidad y casi -casi- a su vida.
Mujer de futuro incierto y muerta en vida que sólo busca algo de luz entre tanta oscuridad.
Carla vende su cuerpo por dinero, y no tendrá ningún reparo en decirte que es una puta, porque ,como ella dice: al fin y al cabo es lo que es, aunque otros quieran llamarlo de otra forma.
Si no puede esperar más de la vida no lo va a hacer. No quiere fingir ser quien no es y nunca será. No quiere falsas ilusiones ni tampoco sueños que no se cumplirán.
Quiere vivir. Pero si no le dejan, basta con pasar de largo y hasta nunca.
Son las ocho y tres minutos de un martes de febrero.
Carla se encuentra en su habitación en un hostal de mala muerte rodeada de un hedor a cañerías oxidadas. Restos de cocaína permanecen sobre la mesilla, su ropa rota descansa sobre una silla y ella yace en la cama desnuda, mostrando su cuerpo lleno de heridas y cicatrices a ese hombre que no la está mirando y nunca lo hizo, que nunca la miró a los ojos y le dijo que la quería, a ese hombre que nunca existió. Carla tiene una pistola en la mano, y sin embargo eso a nadie le importa. A nadie le importa esa hora, ni ese día, ni esa habitación, ni que Carla esté a punto de suicidarse. Eso le da igual a todo el mundo, y lo peor, es que a ella también.

¡Pum!

16 junio 2009

Las gotas de sudor se me pegaban al cuerpo como las gotas de rocío a las hojas. y yo eramos todo uno, nuestros cuerpos encajaban tan bien que parecíamos las piezas contiguas de un puzzle. Tu vientre rozaba cada milímetro del mío sin dejar espacio para lamentaciones. El dibujo de tus labios se extendía por cada centímetro de mi piel. Nuestras respiraciones a contratiempo. Tus palabras desordenadas y juguetonas llenando silencios abarrotados de ideas suspendias en el aire. Y . Y otra vez en cada manecilla del reloj, en cada bombeo de sangre por un cuerpo ávido de ti, en cada subidón de adrenalina, en cada palabra que quedó a medias, en cada gemido, en cada orgasmo.