06 abril 2012

Despertar

Pensar-te, ese pequeño placer que ocupa cada pequeño rinconcito libre de mi mente. Memorizar cada pequeño gesto, curva y movimiento. Fotografiar cada postura, sonrisa y mirada. Y recordar-te, ver pasar un fotograma tras otro, como si de una película se tratara.
Verte abrir los ojos por la mañana y escuchar un "te quiero" susurrado, casi mudo, casi inexistente. Y agarrarte, fuerte, hasta que mis músculos no pueden más, para decirte sin palabras "yo a ti también. Estoy aquí y no me pienso ir".
Forcejear y remolonear entre las sábanas, robarle horas a la noche y al día, juntar las horas, verlas pasar fugaces, volátiles. Y permanecer quietas (o no tan quietas) durante horas, disfrutando del silencio cómplice que nos rodea, que nos arropa y que, sin embargo, otras veces nos engulle.
Te incorporas, veo tu espalda desnuda y no puedo evitar agarrarte y devolverte de nuevo a la cama. Robarle más horas al día. Amanecer al anochecer y anochecer al amanecer.
Y ahora es cuando intento esconderlo todo bajo llave, dentro, muy dentro, para que así nunca se vaya. Para que cuando mañana abra los ojos, sigas ahí.

13 marzo 2012

Compartir cama

Y esta soy yo, perdida en cada recoveco de tu piel, sumergida en cada esquina de tu cuerpo, buscando a tientas tu sexo, siguiendo tu mirada en la oscuridad de esta habitación...
Los movimientos acompasados de nuestros cuerpos nos automatizan, la fricción de nuestra piel nos humaniza, la oscuridad nos revela, nos desvela más humanos y reales que nunca.
Toda nuestra realidad cuelga con pinzas sobre nuestras cabezas. Más allá del pudor del desconocimiento, está la confianza del tiempo consumido juntos. Más allá del miedo se encuentra la verdad de que, para compartir la cama con otra persona, prefiero no compartirla. Y quizá, sólo quizá, soñar contigo.

08 marzo 2012

¿Cuál es nuestro límite? ¿Cuándo llegamos a ese umbral en el que decimos "ya no más"? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar por los demás? ¿Y por nosotros mismos?
Y aún llegando, ¿podríamos continuar? ¿Nos queda aún energía dentro para dar un poco más? ¿Cesamos porque nos hemos agotado? ¿Porque nos hemos rendido? ¿O simplemente porque hemos querido? ¿Realmente sabemos establecer bien ese límite o es algo totalmente aleatorio?
Creo que sé aguantar hasta que duele, incluso... hasta después de doler se puede seguir aguantando. Pero creo que entonces, puede ya no merecer la pena. De hecho, es probable, que pasado un tiempo te des cuenta de que nunca mereció la pena.
Sin embargo, no me arrepiento del dolor, ni del haber persistido, ni siquiera me arrepiento de que no mereciera la pena. Tan sólo me arrepentiría de no haberlo intentado.

04 marzo 2012

Play

PLAY.




Y entonces mi cerebro pasa a otra dimensión, a otro plano paralelo desde el cual todo se observa y siente diferente. Mi visión del mundo es la misma que la de los demás, pero mi cabeza procesa las sensaciones diferente. El sol brilla más fuerte, la noche tiene más estrellas y el césped es más verde. Todo es más intenso a la vez que difuso, todo es más caótico a la vez que concreto.
Mis ideas vagan sin cesar de un lado a otro, como estrellas fugaces que a penas se dejan ver, a penas dejan pedir un deseo, pero a veces tienes la suerte de poder hacerlo. Y entonces sonríes, sabes que no tiene sentido, pero aún así te gusta hacerlo.
Es como si fuera otra persona, la parte inconsciente de mi ser se esconde ahí, siempre al acecho pero siempre segura, en una parte inquebrantable de mi ser, tan profunda y tan intrínseca que no se me permite vivir sin ella. No puedo.


PAUSE.

17 octubre 2011

Decepción

Hace unos días caí en la estúpida cuenta de que el hecho de querer a una persona no implica que ella deba quererte a ti. Incluso si es tu amigo o tu pareja, puede que nunca llegue a dar tanto como tú harías por él.
Porque seamos sinceros... ¿A cuantas personas quieres de verdad? Si en el fondo de tu alma sabes que podrías sobrevivir sin ninguna de ellas...
Lo peor de la decepción es que es algo por lo que no se puede pedir perdón, es algo que se clava y nunca se termina de ir.

30 diciembre 2010

Era como un extraterrestre en Madrid.

Tenía una forma -casi profesional- de ser borde hasta resultar fastidiosa, que al final, resultaba ser una de las virtudes ocultas entre aquella personalidad que no conocías, pero querías conocer.
Era borde hasta la médula, pero es que no podía ser de otra forma. ¿Cómo sino? La hipocresía no iba con ella, ni siquiera las pequeñas mentirijillas piadosas. Era más “así son las cosas, y si no te gusta, arrea”. A veces sonrío al pensar en ella y en aquella cara que ponía al mandarte a la mierda después de que te quejaras de sus maneras. “Pues si no te gusta, te aguantas” te decía, y se quedaba tan ancha. Y tú, mientras tanto, con la cara como un tomate maduro.
Pero aún así, era imposible no quererla, por muy arisca que fuese y muchas barbaridades que te dijera, tú sabías que tenía buen corazón y que te tenía guardado en una parte de él. Nunca te decía si grande o pequeña, pero eso era lo de menos. Porque… ¿Cómo ibas a no quererla? No haberla querido hubiese sido una idiotez pero de las grandes, un error garrafal.
Había momentos en los que discutías con ella de cosas incongruentes que no llevaban a ninguna parte. A veces, incluso era imposible seguir la conversación, ya que el lenguaje que utilizaba era una especie de código encriptado sólo apto para gente-muy cabreada-con-pájaros-en-la-cabeza. Eso sí, sabía hacer que te enfadaras de verdad, tanto que volvías a casa pensando en la maldita conversación, y al final cedías. Al final le dabas su merecida razón, pero no se lo decías porque te hería en el orgullo saber que tenía razón desde el principio, como casi siempre.
No me preguntes por qué, pero una persona curiosa. De esas que te cruzas por la calle y sonríes, y sigues pensando en ella un largo rato mientras escuchas tu canción favorita con los cascos sobre la cabeza y la lluvia sobre Madrid. Era una de esas personas que no podía estar situada en otro lugar mejor que París. Eran como una simbiosis, el uno se necesitaba al otro para su existencia completa, aunque aún así, Madrid no le sentaba del todo mal. Eso sí, seguía teniendo cara de turista después de nueve años. Era como si fuese un añadido sinsentido en mitad de la Gran Vía esperando un billete de vuelta a casa.

15 septiembre 2010

Dolorosa soledad

Y de repente un beso, y después un mordisco en el cuello, y por último, desprenderte de la ropa casi desesperadamente buscando un contacto físico que ansías, como un drogadicto necesita de su heroína.
Verte sumido en un bucle infinito que te lleva al centro mismo del placer cósmico en una entrepierna que probablemente no te pertenezca pero que al menos, te hace sentir mejor aunque después vuelvas a sentirte exactamente igual que siempre, igual que los últimos veintitrés años y medio de tu vida: solo. Esa es la palabra, solo.
Comprender que, al fin y al cabo, el sexo no lo es todo. Comprender que al final las letras de Sabina tenían razón.