Hasta el destino se ha reído de ella, tantas veces que a la décima decidió dejar de contar. La primera vez fue en un callejón cuando tenía trece años, allí dijo adiós a su virginidad y casi -casi- a su vida.
Mujer de futuro incierto y muerta en vida que sólo busca algo de luz entre tanta oscuridad.
Carla vende su cuerpo por dinero, y no tendrá ningún reparo en decirte que es una puta, porque ,como ella dice: al fin y al cabo es lo que es, aunque otros quieran llamarlo de otra forma.
Si no puede esperar más de la vida no lo va a hacer. No quiere fingir ser quien no es y nunca será. No quiere falsas ilusiones ni tampoco sueños que no se cumplirán.
Quiere vivir. Pero si no le dejan, basta con pasar de largo y hasta nunca.
Son las ocho y tres minutos de un martes de febrero.
Carla se encuentra en su habitación en un hostal de mala muerte rodeada de un hedor a cañerías oxidadas. Restos de cocaína permanecen sobre la mesilla, su ropa rota descansa sobre una silla y ella yace en la cama desnuda, mostrando su cuerpo lleno de heridas y cicatrices a ese hombre que no la está mirando y nunca lo hizo, que nunca la miró a los ojos y le dijo que la quería, a ese hombre que nunca existió. Carla tiene una pistola en la mano, y sin embargo eso a nadie le importa. A nadie le importa esa hora, ni ese día, ni esa habitación, ni que Carla esté a punto de suicidarse. Eso le da igual a todo el mundo, y lo peor, es que a ella también.

