13 junio 2009

Marta: III parte

Se despertó. Le pesaban los párpados más de lo normal, como si llevasen toda una eternidad abiertos y buscasen el momento en el que dejarse caer permanentemente. Marta estaba exhausta y sin ninguna energía. Se levantó de la cama y se vistió. Fue a la cocina pero no desayuno y salió por la puerta dejando a su madre afligida y preocupada.
Su llegada al instituto fue como siempre, como todas las mañanas, llena de burlas y risitas de la gente que pasaba a su alrededor. "Como si me importase lo que piensan los demás", mientras una lagrima recorría su cara. Por lo demás, la mañana transcurría sin contratiempos, como todas desde hace años: en soledad. Nadie puede imaginarse lo duro que es vivir sin, al menos, un buen amigo a su lado hasta que no tiene que experimentarlo.
No era capaz de poner su atención en ninguna de las explicaciones, y para complementarlo, tenía mareos cada dos por tres. Se sentía infinitamente débil y sentía que iba a perder la consciencia en cualquier momento. Finalmente, a cuarta hora, durante la clase de matemáticas llegó lo más humillante del día: salir a la pizarra a resolver los deberes.
Marta intentó parecer lo más firme posible y se levantó de la silla con tanta decisión como se lo permitía su cuerpo. Cogió la tiza y le temblaba la mano, no tenía ni idea, no entendía nada, ¿qué iba a escribir en aquella pizarra que se le antojaba inmensa en ese momento? No tenía nada que decir. Un sudor frío comenzó a recorrer su frente. Los nervios pudieron con ella. La tiza se cayó de su mano a la par que ella caía de bruces al suelo, el profesor salió disparado hacia ella intentando amortiguar la caída, la clase se convirtió en un gallinero, pasó de susurros a chillidos nerviosos.
-María, ven aquí, dale aire con el cuaderno. Carlos, sujétala, voy a buscar ayuda. Los demás quedaros sentados y no deis guerra –dijo el profesor.
El profesor bajó a buscar un teléfono y llamó a urgencias. La ambulancia llegó con rapidez suma y para entonces Marta ya se encontraba consciente aunque desubicada. Había tenido una fuerte bajada de tensión, y una vez llegada a urgencias decidieron ingresarla debido a su informe, en el que figuraba su desorden alimenticio.
Se encontraba tan débil que ni siquiera tenía fuerzas para respirar, llevaba tres días sin probar bocado y las semanas anteriores había vomitado casi todo lo que había comido. Habían pasado casi siete meses y no había mejorado nada desde entonces, sino que había ido a peor.
La llevaron a una habitación y terminó dormida. Al despertar se encontró rodeada de tubos y cables controlando cada parte de su cuerpo sin olvidarse de ninguna. Un tubo de oxígeno, vías, sueros…
“Pi, pi, pi… ¡Joder! Mi puto corazón sigue latiendo, esta mierda no se acabará nunca…” Se echó a llorar.
Pasó diez minutos entre amargas lágrimas que le dificultaban aún más la respiración. Lágrimas de rabia y tristeza unidas, dos en uno por primera vez, y pensar que ella no creía que eso fuese posible.
Pasados esos diez minutos su madre entró a la habitación y la encontró con los ojos anegados en lágrimas. Se sentó al borde de su cama y le acarició la mejilla secándole parte de las lágrimas.
-Cariño, no te preocupes, ya está. Sólo ha sido un susto, mejorarás, pero por favor, prométeme que pondrás de tu parte. Eres consciente de lo que está sucediendo, de lo que estás haciendo, lo que TE estás haciendo, y aun así no le pones remedio… No puedes seguir con esto, te estás autodestruyendo… -Mientras su madre le decía esto Marta rehuyó el tacto de su madre y giró la cara para continuar llorando.- Marta, si sigues así… ¡Marta, escúchame!
Su madre volvió a acercar su mano hacia su hija y la posó sobre su hombro a la vez que rompía en sollozos.
-Si sigue así… morirás, y no hay nada que hacer contra eso, no hay nada que pueda solucionarlo. Una vez que se empieza es difícil ponerle marcha atrás, pero tú aún estás a tiempo cielo, tú aún puedes –decía y repetía mientras lloraba desconsoladamente- Marta… aunque sea sólo por mí, no sabría estar sin ti, cielo, por favor…
Jamás había visto a su madre tan cansada, tan destrozada, tan rota por dentro y hecha añicos que ni siquiera podía articular palabra, que ni siquiera sabía como expresar sus sentimientos. En ese momento algo, por pequeño que fuese, cambió en Marta. Quizá sólo fuese compasión, pero era como si al final del oscuro túnel de su vida, de su callejón sin salida, hubiese aparecido una puerta, una salida a todo aquello. A todo el dolor, sufrimiento, repugnancia, ira, rabia, venganza… A todos y cada uno de los sentimientos que guardaba en el fondo de su alma y que constituían la base de todo lo que era. Y lo peor de todo es que para ella no había nada más que aquello, nada con que cubrir sus imperfecciones o con las que contrarrestar sus defectos, aquello era todo. Todo resultaba soso, o más bien insípido. Todo resultaba inexistente, como si todas las cosas buenas las hubieran borrado de un plumazo.
Eran aproximadamente las seis de la tarde cuando encendió la televisión tras no haber encontrado ninguna forma mejor de pasar el rato en aquella habitación con hedor a hospital, enfermedad, y en última instancia a muerte.
Millares de personas estaban destinadas a morir con aquel hedor como última compañía, sin que nadie se preocupase ya por ellos, o con un poco de suerte, con alguna persona que aún guardase cierto cariño hacia ellos. Morir sin poder volver a oler el aire primaveral que se cuela por la ventana en mayo o el olor del mar que parece acompañarle a uno incluso cuando está lejos. O escuchar a los pájaros despertarse al amanecer cuando uno yace, -con un poco de suerte,- exhausto en la cama junto a la persona a la que ama.
Millares de personas que nunca más podrían volver a sentir eso, volver a levantarse por la mañana y sentirse felices, y agradecerle a Dios o a quien quiera que sea que nos puso en este mundo el poder seguir vivos un día más. Ahora tenía claro que ella no quería ser una de ellas, que no lo sería, que daba igual el precio que tuviese pagar para salir de aquello, daba exactamente igual, porque una vida valía mucho más que todo el dinero del mundo junto.
Después de tragarse toda la tele basura que se podía echar en dos horas de programación le llevaron la cena. Aunque le habían suministrado ya nutrientes suficientes como para sentirse con algo más de fuerza era necesario que comiese algo, que comiese por si misma sin salir después huyendo al baño a vomitarlo todo.
Por primera vez en meses quería intentarlo. El plato, más bien bandeja de plástico poco sofisticada, resultaba enorme, inmensa, como si hubiese comida en ella para al menos cuatro personas más. Su madre, que había llegado para la cena, la miraba con cara dudosa, dejando todo a su elección, sin prisas, esperando que su discurso hubiese hecho entrar en razón a su hija.
Se notaba que Marta estaba sopesando la idea de si dejar que se enfriase sin tocarlo o si probarlo, entonces su madre habló.
-Marta, no hace falta que te lo comas todo si no quieres, pero te pediría al menos que lo intentases, que comieses al menos parte. Yo no sé que hacer ya, te he dicho todo lo que podía, sabía y debía decirte. Es tu elección, y sé que nada va a cambiarla, que da igual cuantas veces te repita lo mismo, porque depende de ti. Tiene que llegar el momento en el que desees, sino es comer, porque sé que eso no sucederá, al menos salir de esto, dejar de ser un alma que vaga por ahí casi tan vacía como su estomago, y pensando en eso, en tu objetivo, conseguir salir de este juego inútil en el que de momento tienes todas las de perder porque eres tan tonta, sí, hija, tonta, que no opones resistencia –concluyó su madre con una sonrisa entre triste e irónica.
Sin mediar palabra Marta levantó la cuchara y la llenó de sopa mientras pensaba que era más fácil si pensaba que era simplemente agua, y ya estaba. Comía lentamente, pero eso era lo de menos. Tras varias cucharadas había terminado medio plato de sopa.
-Cielo, ¿y si pruebas a tomar algo sólido? Le vendrá bien a tu estómago.
Marta dejó la cuchara para tomar el tenedor y partir un trozo de tortilla que se llevó a la boca hasta dar con casi toda ella. Cuando terminó se tumbó en la cama y se dejó sumir en la inconsciencia seguida de sus pesadillas.

09 junio 2009

Hazme el amor.

Arracanme la ropa a mordiscos. Embísteme. Un aquí te pillo aquí te mato. Chilla. Goza. Suda. Araña. Pégate a mí. Roza cada célula de mi piel con la tuya. Susurra en mi oído. Jadea. Oprímeme. Hazme volar. Lánzame por el precipicio del placer con la gravedad triplicada. Derríteme con el calor de tu lengua, que soy hielo fundido cuando me rozas. Cómeme, con la mirada y con la lengua, como si fuese un caramelo, -tú le pones el sabor-.

Hazme el amor. Házmelo hasta con la mirada.

27 mayo 2009

Marta: Parte II

Se sentó en la mesa frente a un plato que contenía un filete de ternera. No era demasiado, pero a Marta se le antojaba un mundo entero. Su madre lo había partido en pequeños pedazos y había cortado un trozo de pan por si su hija decidía comerlo. Había dejado junto al plato un yogur de fresa y un vaso de agua.
Bebió el vaso de agua de un trago intentado que su estómago dejase de rugir pidiéndole grasienta comida, bebió otro más, y para finalizar otro más. Se sentía más llena y se sentó frente a la comida durante un largo rato, mirándola pero sin verla, como allí mismo se abriese la puerta a otro mundo paralelo.
Su madre se sentó junto a ella y le incitó a comer.
-Venga, Marta, cielo, come un poco. Es poco, lo he partido en trozos pequeños, vamos cariño –repetía su madre una y otra vez, mientras que sus palabras no surtían ningún efecto en su hija-.
Pasados unos diez minutos Marta cogió el tenedor y pinchó el primer trozo de carne con ciertas reservas y disgusto y se acercó el tenedor a la boca. Se introdujo el trozo de carne en la boca y lo masticó lentamente, estuvo masticándolo un largo rato hasta que consiguió tragarlo no sin cierta dificultad. Bebió un largo trago de agua y continuó con ese proceso lenta, pero progresivamente.
Cuando hubo comido la mitad del filete dejó el tenedor sobre la mesa y empujó el plato apartándolo de su vista. No tocó el pan ni una sola vez y se negó a tomar el yogur, aunque su madre le obligó y le llevó alrededor de quince minutos.
Al terminar volvió a su cuarto y se tumbó en la cama. Cogió el mp4 y se tumbó a escuchar mientras lloraba y veía sus esperanzas en una vía de escape rápida y fácil frustradas y prácticamente irrealizables.
No era la primera vez que lo intentaba, pero ninguna había tenido el valor para hacer nada, o nada definitivo. Tenía algunas marcas en las muñecas, le habían hecho dos lavados de estómago por haberse atiborrado a pastillas y el resto no había tenido valor para llegar al número diez de su cuenta. Hoy, cuando por fin estaba decidida tenía que haber llegado su madre para librar batalla con la cena.
“Al menos no le daré el gusto de verme comer ni engordar, sí, encima”. Con ese pensamiento salió al pasillo sigilosamente y se dirigió al baño donde se cerró con pestillo. Se metió los dedos corazón e índice de la mano derecha en la boca hasta que por fin las arcadas le permitieron vomitar la cena. “Me da igual que haya cenado poco, es lo suficiente como para engordar algo, además, ya como si me vomito a mi misma. Me da absolutamente igual lo que sea de mí” decía en su cabeza.
Marta se metió en la cama con los pensamientos puestos sobre un cuerpo esbelto, de modelo. La envidia y a la vez odio hacia sí misma corrían por sus venas llenándola de ira, tanta que alguna lágrima asomaba a rostro una lágrima y pensaba que no podría resistir mucho más tiempo aquella presión, que estallaría en cualquier momento. Finalmente, aunque en tensión, se durmió, para dar paso a las mismas pesadillas de siempre que no la abandonaban noche sí ni noche tampoco.

15 mayo 2009

Marta: Parte I.

Una suave brisa se colaba por la ventana y allí estaba Marta: descalza, con un vestido blanco en el que se podía entrever el contorno de su cuerpo y sus rizos rubios perfectos cayendo sobre sus hombros, sentada en el alfeizar mirando de azotea en azotea, de ventana en ventana buscando algo, sin saber el qué.

Le temblaban las manos así que las aferró al borde del alfeizar. Cambió de postura: bajó las piernas y las dejó colgando sobre un ir y venir de coches y un amasijo de gente con prisas que vivían ajena a ella. Fue moviendo su cuerpo con varias sacudidas acercándolo hacia el borde, perdiendo cada vez más el equilibrio, notando como su corazón se aceleraba pero su cerebro no dejaba de realizar la orden. Comenzó a deshacer la prensa que hacía con cada uno de sus dedos sobre el cemento. Uno, dos, tres… “¡A la de diez!” pensaba, “y aquí habrá acabado todo”.

-¿Marta? –Llamó su madre al otro lado de la puerta- Baja a cenar, que la cena ya está lista.

Marta no contestó, ni siquiera se limitó a girarse y mirar hacia la puerta para ver si su madre había traspasado el umbral de su habitación, pero aun con todo se detuvo en seco. Su puerta estaba cerrada con pestillo, no podrían entrar ahí. Si querían encontrarla que fuese en la calle, y a poder ser cuando ya fuese demasiado tarde.

-¡Marta! ¿Me has escuchado? –Insistió su madre, y entonces intentó abrir la puerta. Intento fallido- ¿Qué haces? Abre y ve a cenar de una maldita vez, se te va a quedar fría la cena.

-No quiero cenar, es más, no pienso cenar –se dignó a contestar con desgana y falta de energía-.

-No empecemos otra vez con eso, –añadió su madre con desesperación- si no cenas hoy mañana llamaré a Cristina para que te dé cita urgente.

-Ni se te ocurra mamá, no voy a acudir.

-No has comido nada y ayer tampoco cenaste. Dudo que se pueda sobrevivir con una manzana como desayuno cada dos días, cariño. Irás, quieras o no, y sino ya sabes, baja a cenar inmediatamente.

-Termino unas cosas y voy…

-Abre y vas ahora mismo conmigo, no me fío de ti ni un pelo –dijo subiendo el tono de voz y golpeando una vez más la puerta-.

-Ya voy…

Marta volvió a sentarse debidamente y a bajar con cuidado, primero pasó una pierna y después la otra. Caminó hacia la puerta y abrió.

-Venga, vamos, pero… oye, ¿qué hacías? –preguntó su madre con curiosidad mientras miraba de un lado para otro de la habitación.

-Nada, terminar de copiar unos apuntes.

-Aquí hace algo de fresco, ¿no tienes frío?

-¡Ay mamá, no! ¡Déjalo ya de una vez, ya bajo!

-Cierra antes la ventana ¿no crees?

Marta se aproximó a cerrar la ventana y siguió a su madre con cansancio y torpeza, era tan frágil que parecía que se iba a partir en dos en cualquier instante y con cualquier movimiento, aunque sólo se apartase el pelo de la cara.

05 mayo 2009

Un Hoy perpetuo.


Hoy es día de besarte. Como todos. Como lo vienen siendo desde que dejé la memoria -y la razón- contigo y me lancé a bajar estrellas y cumplir sueños imposibles.
Es día de quererte, como casi todos,
pero hoy más, porque está nublado y hace frío y necesito la calidez de tu sonrisa para evitar que se me congele el corazón.

También hoy es día de perderte, encontrarte y dibujarte.
Hoy cuenta como uno de esos días en los que el arco iris aflora en tus ojos e ilumina la habitación por la noche cuando ya hace demasiado frío como para poder pensar en algo claramente, tanto que hasta las palabras de amor se me quedan enredadas en la lengua por miedo a quedar petrificadas en el aire y que no lleguen a tus oídos. Y así es como me las robas, con un ardiente beso bajo las sabanas antes de dejarme soñar contigo.


Hoy es como todos los días. Siempre es hoy y nunca será ayer, ni tampoco mañana, sólo hoy, y poder decir lo mismo todos los días.

29 abril 2009

Ni me suavices ni me conquistes.

Hay personas que coleccionan sellos, otras cromos y otras chapas. Yo en cambio, consigo corazones, robo corazones y colecciono corazones.
Es muy fácil hacer algo propio cuando se es robado, pero es más difícil hacerlo tuyo si existe alguna ley -completamente incomprensible- que dice que no importa cuán lejos se encuentre el corazón que late al mismo compás que el que tienes entre tus manos, que da igual lo cerca que lo tengas, se pertenecen y sobras en la historia, eres un apéndice.
Yo, sin embargo, consigo corazones por el módico precio de cuatro palabras bonitas y un falso cariño desmesurado. Gano en todas las subastas de corazones en paro cardíaco y me largo por donde he llegado con mi trofeo.
¿Qué por qué soy tan frío y sincero? Debe ser cosa del clima, o sino del palpitante dolor que llegó recorrer mi piel.
Tengo los sentimientos neutralizados y un cuerpo marmóreo. No existen daños, reclamaciones o arrepentimientos ante mis ojos.
Llámame inhumano si quieres, pero seguiré impasible ante tus súplicas y sollozos. Sólo quiero ese órgano de rojo carmesí que escondes bajo tu pecho como si fuese el más valioso de tus tesoros.
No es de los tuyos, es de los míos. Mío para matarte, y mío para morirme.
Echo de menos el ardiente fluir de la sangre en las yemas de mis dedos y los laditos desacompasados después de rozar su piel. Porque ya ni ella existe ni yo palpito, ni yo siento, ni yo soy.
Utilizo tu corazón a modo de reloj biológico entremezclado con cientos de latidos más que me llaman desde el otro lado de una vitrina.
Adios. Ni me suavices ni me conquistes.

26 abril 2009

¿Es un "loquedureunavida"?

Me encadenaría a ti y a tus muñecas, a tus piernas -incluyendo tus tobillos- y a tus frágiles dedos, e incluso -y por encima de todo- a tus labios.
Me enredaría entre las sábanas y tu cuerpo y desearía no salir nunca más de tal paraiso.
Lucharía contra dragones, caballeros y putas para tenerte un día más conmigo, justo aquí, a mi lado, con tu cálido aliento detrás mio erizándome la piel y tus brazos alrededor de mi cintura mientras me acurruco en tu pecho.

Aprendería a inventar, construir y enseñar para así poder explicarte como será nuestro futuro y como lo haremos, para decirte cual es nuestro camino y explicarte que tú eres el acompañante. También aprendería idiomas para poder decirte que te quiero desde cualquier lugar del mundo, y porque no, añadiría el funcionamiento de la lavadora, para lavar los sentimientos cuando se ensucien.
Compraría un plumero para quitarle el polvo a los recuerdos de vez en cuando, alguna mañana que estemos de buen humor y merezcan inmiscuirse en el presente.
Buscaría alguna balanza de segunda mano para pesar nuestras discusiones contrarestándola con nuestros sueños, a ver de cuales tenemos más -aunque estoy casi segura que de lo segundo-.
Estudiaría geografía para ubicarte en algún lugar de este mundo, para pasar a la astronomía y finalmente colocarte cerca de alguna estrella.
Teñiría los días malos de rosa, o de amarillo, o del color del arcoiris para transformarlos en buenos y cambiaría el olor de las sábanas cuando huelen a ausencia -y a dolor-.
Cambiaría las ropas del armario cada primavera para renacer como las flores y no aburrirnos de la rutina. La rutina de una vida, una vida maravillosa.
Haría... haría... yo no sé lo que haría, porque haría tantas cosas que los limites aquí no existen, que te digo que son infinito y que te pido que te lo creas. Que aunque haya condicionales no existen las condiciones, sólo una, pero la más importante: mucho amor, al menos lo necesario para toda una vida porque entonces... es un "loquedureunavida", ¿no?





Atame de pies y manos.